Uffff... Ya me ha pasado como de costumbre. Mil proyectos que me rondan la cabeza y poco tiempo para todos ellos. Resultado: He tenido al pobre blog abandonadito durante (demasiado) tiempo. A ver si le ponemos solución.
Por lo pronto, el post de hoy es tan solo (como si fuera poco) para recomendaros encarecidamente la lectura de un libro que me ha caido en las manos (regalo de cumpleaños de parte de mi mujer, qué bien me conoce...): La magia de leer, de José Antonio Marina y María de la Válgoma. La verdad, es que leer sobre el acto de leer puede parecer un tanto recursivo o redundante, pero el libro resulta sencillamente delicioso. Con un lenguaje claro, atractivo y sugerente los autores nos introducen en un mundo tan complejo como el de acercar la lectura a los no lectores. Casi obligatorio en cualquier biblioteca de padres, profes, psicólogos infantiles y en general en la de cualquiera que alguna vez se haya planteado qué es leer, para qué sirve y como conseguir que un niño/joven lea...
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18:54
martes, 8 de noviembre de 2005
La magia de leer
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La voz silenciada
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8:32
sábado, 8 de octubre de 2005
Bendita inspiración (III)
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La voz silenciada
Aprovecho un ratito para dejaros algunas otras perlas, si no de sabiduría sí al menos de espontaneidad y desparpajo...
- En un examen de naturales:
Ya sabeis, moderad a vuestro estómago, que se pone muy radical a veces...
- Escuchado en una conversación de dos antiguos "bichos" míos sobre la asignatura de Dibujo de 1º de ESO:
Crónico es el dolor de cabeza de la pobre profe de dibujo con vosotros. Si no os quisiéramos tanto...
- En un ejercicio de Sociales:
Mire ud. por donde, ahora ya no vivo en la parte del Vallés donde se pone el sol sino detrás de su cabeza...
Venga, otro día, más
- En un examen de naturales:
La comida se deshace en el estómago porque la atacan unos jugos que son drásticos
Ya sabeis, moderad a vuestro estómago, que se pone muy radical a veces...
- Escuchado en una conversación de dos antiguos "bichos" míos sobre la asignatura de Dibujo de 1º de ESO:
Tengo que entregar el dibujo de perspectiva crónica
Crónico es el dolor de cabeza de la pobre profe de dibujo con vosotros. Si no os quisiéramos tanto...
- En un ejercicio de Sociales:
Sabadell y Terrassa son las capitales del Vallés Occipital
Mire ud. por donde, ahora ya no vivo en la parte del Vallés donde se pone el sol sino detrás de su cabeza...
Venga, otro día, más
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7:27
Me apunto esta frase. Me la grabo a fuego en el corazón para el próximo que me mire de forma despectiva al verme disfrutar de las aventuras de Eustace, Lucy, Reepicheep y tantos otros en las tierras de Narnia. Para el próximo que me diga que estoy mayor para seguir las peripecias del joven Potter en Hogwarts. Para el que se atreva a esbozar la consabida sonrisita de desdén al verme embelesado (otra vez, y ya van tantas) en la Tierra Media.
¿Cómo podemos pretender que los chavales sientan interés sobre esos libros que les recomendamos en clase si nosotros ni siquiera los hemos leído? Creo que existe la falsa concepción de que hacerse adulto significa abandonar el mundo de la infancia. Y no debería de ser así. No debemos crecer como un tren que abandona una estación para encaminarse a otra sino como los árboles, permitiendo que cada nuevo anillo de nuestro tronco abraze a los anteriores, protegiéndolos y haciéndolos formar de la parte más íntima de nuestro ser. Y como los árboles, el día que nuestro interior esté seco y muerto, no seremos más que corteza vacía.
Atrevámonos a leer y no recomendemos libros que no nos gusten. Si hay algo tienen los chavales es percepción, y te pillan enseguida cuando les intentas colocar un libro que a tí no te gusta. Para "venderles" un libro, te tiene que haber gustado. O al menos, sé lo suficientemente sincero para reconocer que ese estilo a ti no te va, pero quizás a él le interese.
¡Ah! Y no me vayais de "soy un profe maduro de vuelta de todo con un gran bagaje cultural y eso son chiquilladas" con ellos. Que nos calan desde el principio...
Leer
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La voz silenciada
No hay libro que merezca la pena leer a los diez años que no sea digno de ser leído (y con frecuencia mucho más) a los cincuenta - excepto, claro está, los libros informativos -.
C.S. Lewis: De este y otros mundos. Ensayos sobre literatura fantástica.
Me apunto esta frase. Me la grabo a fuego en el corazón para el próximo que me mire de forma despectiva al verme disfrutar de las aventuras de Eustace, Lucy, Reepicheep y tantos otros en las tierras de Narnia. Para el próximo que me diga que estoy mayor para seguir las peripecias del joven Potter en Hogwarts. Para el que se atreva a esbozar la consabida sonrisita de desdén al verme embelesado (otra vez, y ya van tantas) en la Tierra Media.
¿Cómo podemos pretender que los chavales sientan interés sobre esos libros que les recomendamos en clase si nosotros ni siquiera los hemos leído? Creo que existe la falsa concepción de que hacerse adulto significa abandonar el mundo de la infancia. Y no debería de ser así. No debemos crecer como un tren que abandona una estación para encaminarse a otra sino como los árboles, permitiendo que cada nuevo anillo de nuestro tronco abraze a los anteriores, protegiéndolos y haciéndolos formar de la parte más íntima de nuestro ser. Y como los árboles, el día que nuestro interior esté seco y muerto, no seremos más que corteza vacía.
Atrevámonos a leer y no recomendemos libros que no nos gusten. Si hay algo tienen los chavales es percepción, y te pillan enseguida cuando les intentas colocar un libro que a tí no te gusta. Para "venderles" un libro, te tiene que haber gustado. O al menos, sé lo suficientemente sincero para reconocer que ese estilo a ti no te va, pero quizás a él le interese.
¡Ah! Y no me vayais de "soy un profe maduro de vuelta de todo con un gran bagaje cultural y eso son chiquilladas" con ellos. Que nos calan desde el principio...
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13:00
lunes, 26 de septiembre de 2005
Niños malos
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La voz silenciada
Hoy he intervenido en el debate que estamos llevando a cabo en la asignatura de Desarrollo y aprendizaje en la edat escolar, en la Universitat Oberta de Catalunya. La profesora, con toda la picardía de quien lleva ya años en la profesión, nos pregunta si los niños malos lo son de nacimiento o bien se forjan por medio de sus experiencias en el medio que los rodea. He aquí mi aportación en el debate:
Respecto a la pregunta que planteaba Nuria (la profesora), creo que debemos darle un pequeño giro para intentar responder. En mi opinión, no podemos hablar de bondad/maldad del niño (obviemoslo de momento como alumno para poder situarlo en el máximo número de ambientes posible) sino de adaptación, entendida desde el punto de vista social.
Según los parametros que tenemos establecidos, consideramos un niño como "más bueno" cuanto más se adecúa al entorno en el que lo situamos: cuanto más sigue las normas de la escuela, mejor alumno es; cuanto más se adecúa a las normas de casa, mejor hijo es; cuanto más se adecúa a las normas sociales, mejor ciudadano es. Evidentmente, esta adecuación entra en conflicto cuando existen "patrones de conducta" en conflicto. Las normas del grupo-clase en el marco escolar no són las mismas que las del grupo de amigos en el marco lúdico.
Si el niño acoge unas normas como propias y no es capaz de alterarlas en las distintas situaciones que vive, es decir, adaptarse a su entorno, es cuando catalogamos su comportamiento como "malo". Evidentmente, existen diversas "categorias" o "estratos" de normas, que se superponen unas a otras. No pretendo establecer que las normas de la banda juvenil sean igual de válidas que el resto, pues rompen con la "norma superior" que es la del "comportamiento cívico correcto", que se halla por encima y, por tanto, se convierten inmediatamente en no adecuadas.
Respecto a si esta capacidad de adaptación es innata o adquirida, creo que influyen ambos factores.
Evidentmente, el ser humano destaca por su capacidad genética de adaptabilidad al medio. así pues, existe un componente innato que nos dirige hacia la adaptación como medio de supervivencia (supervivencia social, en este caso). Las influencias externas, sin embargo, pueden modelar esta capacidad adaptativa hacia estrategias de defensa juzgadas como "malas" (es decir, no adecuadas) que en muchas ocasiones no son otra cosa que medios de autodefensa hacia lo que se percibe como amenaza. Así pues, creo que el hecho de que un niño adquiera la etiqueta de "malo" se puede deber, sobre todo, a una parte innata (poca capacidad de adaptación o adecuación a las normas), a una parte externa (conflicto entre diferentes valores o "normas" de adecuación) o a la combinación de ambas.
No se si habré sabido exponer claramente lo que pensaba. Disculpad el galimatías de ideas si no ha sido así.
Respecto a la pregunta que planteaba Nuria (la profesora), creo que debemos darle un pequeño giro para intentar responder. En mi opinión, no podemos hablar de bondad/maldad del niño (obviemoslo de momento como alumno para poder situarlo en el máximo número de ambientes posible) sino de adaptación, entendida desde el punto de vista social.
Según los parametros que tenemos establecidos, consideramos un niño como "más bueno" cuanto más se adecúa al entorno en el que lo situamos: cuanto más sigue las normas de la escuela, mejor alumno es; cuanto más se adecúa a las normas de casa, mejor hijo es; cuanto más se adecúa a las normas sociales, mejor ciudadano es. Evidentmente, esta adecuación entra en conflicto cuando existen "patrones de conducta" en conflicto. Las normas del grupo-clase en el marco escolar no són las mismas que las del grupo de amigos en el marco lúdico.
Si el niño acoge unas normas como propias y no es capaz de alterarlas en las distintas situaciones que vive, es decir, adaptarse a su entorno, es cuando catalogamos su comportamiento como "malo". Evidentmente, existen diversas "categorias" o "estratos" de normas, que se superponen unas a otras. No pretendo establecer que las normas de la banda juvenil sean igual de válidas que el resto, pues rompen con la "norma superior" que es la del "comportamiento cívico correcto", que se halla por encima y, por tanto, se convierten inmediatamente en no adecuadas.
Respecto a si esta capacidad de adaptación es innata o adquirida, creo que influyen ambos factores.
Evidentmente, el ser humano destaca por su capacidad genética de adaptabilidad al medio. así pues, existe un componente innato que nos dirige hacia la adaptación como medio de supervivencia (supervivencia social, en este caso). Las influencias externas, sin embargo, pueden modelar esta capacidad adaptativa hacia estrategias de defensa juzgadas como "malas" (es decir, no adecuadas) que en muchas ocasiones no son otra cosa que medios de autodefensa hacia lo que se percibe como amenaza. Así pues, creo que el hecho de que un niño adquiera la etiqueta de "malo" se puede deber, sobre todo, a una parte innata (poca capacidad de adaptación o adecuación a las normas), a una parte externa (conflicto entre diferentes valores o "normas" de adecuación) o a la combinación de ambas.
No se si habré sabido exponer claramente lo que pensaba. Disculpad el galimatías de ideas si no ha sido así.
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13:25
domingo, 25 de septiembre de 2005
Maestro y aprendiz
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La voz silenciada
Releyendo un blog que inicié hace tiempo y que ha sido de lo más irregular y escaso, me he encontrado con este texto que no quiero perder y que considero que aquí está mucho mejor; al fin y al cabo, el tema tiene mucho que ver con lo que escribo aquí.
Hace unos días recordaba una frase que en su momento escribí (con aquellas ínfulas de los 18 años en los que pretendes redefinir el mundo con cuatro poemas y tres frases rimbombantes). Escribí "Quiero ser aprendiz de todo donde nadie quiere saber nada". Hoy en día, y dada mi profesión, prefiero redefinirla.
Quiero ser aprendiz de todo y maestro de nada.
En serio, me encanta aprender. Y creo que cada día es una nueva oportunidad de descubrir algo nuevo, distinto, maravilloso. Afortunadamente, tengo 27 bichos que me ayudan a ello, permitiéndome ser consciente a diario de qué poco sé. Ser "el maestro", tal y como lo entendían cuando yo era estudiante, parece que te otorgaba una especie de posición de cuasi-divinidad, a la que iban aparejadas la infalibilidad, la omnisciencia y, sin duda, la moral absoluta. Yo intento que mis alumnos nunca me vean así. Quiero que vean que me equivoco, lo reconozco y pido perdón por ello. ¿Cómo si no voy a enseñarles a asumir los errores y rectificarlos? Quiero que vean que ni sé ni pretendo saber todo lo que existe en este enorme mundo, pero que me encanta intentar aprender cada día un poquito más. ¿Cómo si no puedo transmitirles el cariño y el interés por el conocimiento? Y sobre todo, quiero que vean que no me atrevo a juzgar a los demás con facilidad (aunque a veces me pueda el prejuicio o la presión del entorno), sino que intento conocer cuanto más mejor sobre la persona o situación en concreto para poder hacerme una idea propia. ¿Cómo si no voy a enseñarles a ser solidarios?
En definitiva, no me gusta que me vean como EL MAESTRO, sino quizás como otro aprendiz de ser humano con algo más de experiencia que ellos (y que por esa experiencia es por lo que se atreve a intentar ayudarles en su camino hacia nuevas fronteras, en su formación).
Alguna vez me han criticado compañeros míos de profesión por actitudes como ésta. Dicen que con ella pierdo el principio de autoridad, el respeto necesario a nuestra profesión. Creo que se equivocan. Se puede decir muchas cosas de mis bichos, pero nunca que no me respeten o que pongan en duda mi autoridad. La mayoría de las veces, me basta una mirada seria o contar lentamente de 5 a 0 con los dedos de una mano para conseguir el silencio en clase o para frenar a un chico que está alborotando en exceso. Creo, sinceramente, que ellos comprenden y aceptan que hay límites entre nosotros, que es una especie de pacto tácito. Yo les ayudo a aprender. Ellos me enseñan a diario. Y entre todos, superamos un temario que no siempre nos gusta o parece interesante, pero que es con el que nos obligan a trabajar.
Creo en el afecto y la comprensión como cuna del respeto y base de la autoridad, no en el miedo al castigo y la represión.
Si vemos la palabra maestro tal y como se consideraba hasta hace poco (aquel que lo sabe todo y por ello está capacitado para enseñar) es cuando creo que se puede entender mi afirmación de unas cuantas líneas atrás:
Quiero ser aprendiz de todo y maestro de nada
Hace unos días recordaba una frase que en su momento escribí (con aquellas ínfulas de los 18 años en los que pretendes redefinir el mundo con cuatro poemas y tres frases rimbombantes). Escribí "Quiero ser aprendiz de todo donde nadie quiere saber nada". Hoy en día, y dada mi profesión, prefiero redefinirla.
Quiero ser aprendiz de todo y maestro de nada.
En serio, me encanta aprender. Y creo que cada día es una nueva oportunidad de descubrir algo nuevo, distinto, maravilloso. Afortunadamente, tengo 27 bichos que me ayudan a ello, permitiéndome ser consciente a diario de qué poco sé. Ser "el maestro", tal y como lo entendían cuando yo era estudiante, parece que te otorgaba una especie de posición de cuasi-divinidad, a la que iban aparejadas la infalibilidad, la omnisciencia y, sin duda, la moral absoluta. Yo intento que mis alumnos nunca me vean así. Quiero que vean que me equivoco, lo reconozco y pido perdón por ello. ¿Cómo si no voy a enseñarles a asumir los errores y rectificarlos? Quiero que vean que ni sé ni pretendo saber todo lo que existe en este enorme mundo, pero que me encanta intentar aprender cada día un poquito más. ¿Cómo si no puedo transmitirles el cariño y el interés por el conocimiento? Y sobre todo, quiero que vean que no me atrevo a juzgar a los demás con facilidad (aunque a veces me pueda el prejuicio o la presión del entorno), sino que intento conocer cuanto más mejor sobre la persona o situación en concreto para poder hacerme una idea propia. ¿Cómo si no voy a enseñarles a ser solidarios?
En definitiva, no me gusta que me vean como EL MAESTRO, sino quizás como otro aprendiz de ser humano con algo más de experiencia que ellos (y que por esa experiencia es por lo que se atreve a intentar ayudarles en su camino hacia nuevas fronteras, en su formación).
Alguna vez me han criticado compañeros míos de profesión por actitudes como ésta. Dicen que con ella pierdo el principio de autoridad, el respeto necesario a nuestra profesión. Creo que se equivocan. Se puede decir muchas cosas de mis bichos, pero nunca que no me respeten o que pongan en duda mi autoridad. La mayoría de las veces, me basta una mirada seria o contar lentamente de 5 a 0 con los dedos de una mano para conseguir el silencio en clase o para frenar a un chico que está alborotando en exceso. Creo, sinceramente, que ellos comprenden y aceptan que hay límites entre nosotros, que es una especie de pacto tácito. Yo les ayudo a aprender. Ellos me enseñan a diario. Y entre todos, superamos un temario que no siempre nos gusta o parece interesante, pero que es con el que nos obligan a trabajar.
Creo en el afecto y la comprensión como cuna del respeto y base de la autoridad, no en el miedo al castigo y la represión.
Si vemos la palabra maestro tal y como se consideraba hasta hace poco (aquel que lo sabe todo y por ello está capacitado para enseñar) es cuando creo que se puede entender mi afirmación de unas cuantas líneas atrás:
Quiero ser aprendiz de todo y maestro de nada
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